EDITORIAL: Como alejarse de Dios

FORT WORTH, Texas (BP) -- Muchos se acercan a Dios dolidos por la forma en que la vida los ha tratado. Los amigos los han traicionado, maltratado y dejado en total bancarrota espiritual y material. He conocido un buen numero de estos. A todas luces parecen haber entendido que sólo en Dios, su palabra, y su obra podrán recuperarse de ese fatal golpe que el mundo les ha atinado. Si los miras en el culto de la iglesia, parecen de los más consagrados. Se arrodillan y se dan golpes de pecho. Se describen como, finalmente, habiendo encontrado la solución a los problemas que tantos les afligían. Cualquiera diría que el hijo prodigo ha regresado y que Dios, el padre, lo ha recibido en casa otra vez. El problema, sin embargo, es que a diferencia de la parábola que el Señor Jesús nos contó, en donde el hijo regresa para quedarse y nunca más irse, en estos casos, el hijo nunca volvió, nunca se arrepintió de verdad. Sólo estaba dolido por lo que le habían hecho otros. Tan pronto como sintió que la casa del padre estaba cerca y que algunos de los hijos del padre lo trataban muy diferentemente a lo que otros le habían hecho, decidió regresar con los cerdos y su comida. No le gustaba el abrazo del padre. Ese abrazo que ama, sujeta, y forma. Es ese abrazo que exige que el hijo se vista de otra forma, que le pone un anillo de compromiso que lo identifica como hijo. Y, no, eso de comprometerse con las cosas santas, con los santos, eso, eso es para otros. Es fácil quedarse en esta condición de medias tintas en las que se abraza a Dios, siempre y que él NO me abrace a mí. Es fácil aprender vocabulario y costumbres rituales, tradiciones bautistas o evangélicas. Hasta expertos y legalistas he conocido dentro de este mundo. Muchos son los que con garbo golpean la mesa si se viola una tradición bautista, pero que pronto estará a maldecir a su hermano si se le opone en una asamblea de negocios en la iglesia. Muchos son los que hablarán hasta por los codos cuando sus hermanos celebran un "thanksgiving" o "un festival de otoño." Por esto, sí estarán dispuestos hasta dejar la iglesia, muy resentidos. No se van porque amen al Señor, aman a su Babilonia. Sin embargo, lo difícil es vestirse con lo nuevo, es ponerse el anillo de compromiso, es ponerse los zapatos de la obediencia cotidiana. Quizá, después de todo, los cerdos vinieron con él. Quizá nunca los dejó. Quizá sólo quería que le resolvieran la crisis puntual. Nunca quizo más de su padre. Nunca se arrepintió de verdad de lo que había hecho. O Quizá supuso que podía vivir con sus andrajos, y en medio de cerdos, mientras también abrazaba a su padre. Siempre puede ir al servicio, si se puede, pero corre al final del culto donde están los cerdos. No puede aguantarse el poder revolcarse otra vez con ellos. Como fuese el caso, el punto es que pronto, dándose cuenta o no, corre hacia su Egipto y su Babilonia. Quiere otra vez comer cebollas y ajos. Quiere otra vez llorar por los ríos de Babilonia. Y ciertamente llorará porque ni los cerdos, ni Egipto, ni Babilonia pagan bien a los que bien los buscan.

Es un milagro que Dios nos haya conocido y que por su gracia nos hayamos acercado a él y a su pueblo (Gal.4). Lo que no es un milagro, sin embargo, es lo común que se hace para aquellos que han logrado llegar a estar cerca de Dios alejarse otra vez del Señor Jesús. Muchos nunca logran salir del Egipto espiritual en el que vivían, creyeron haber regresado de la pagana y burlona Babilonia que los tenía exiliados. Todo, ¿para qué?, para llegar tan cerca y nunca comprometerse con Dios. Todo para pronto empezar la retirada. Algunos se quedarán orbitando por años al rededor del pueblo, "creyéndose creyentes," y estando tan lejos de Dios como antes. Triste situación que he visto entre mis queridos latinos.

John Bunyan en su famosa obra El Progreso del Peregrino nos enseña en varios pasos la manera en que muchos emprenden su vuelta al mundo, una progresiva y mortal huída alejándose de Dios:

1. Comienzan quitándose de encima todo pensamiento que tengan sobre Dios, sobre la muerte, y sobre el juicio que viene.

2. Se sacuden gradualmente sus deberes privados, tales como la oración personal, la lucha contra sus propias pasiones, el manifestar pena por acciones pecaminosas, y cosas parecidas.

3. Entonces, empiezan a evitar y a huir de la compañía de creyentes fieles, comprometidos vibrantes en la fe. ¡Cuántos menos mejor!

4. Después de esto, empiezan a enfriarse progresivamente y desmotivarse para no cumplir con sus compromisos públicos como creyentes. La reunión de creyentes donde se lee, se oye, y se reflexiona y se tiene pláticas sagradas, y cosas parecidas, les parecen una pérdida de tiempo.

5. ¡Entonces prosiguen a encontrar la paja en el ojo del hermano fiel! Se esfuerzan por encontrar todos lo pequeños orificios que pueda haber en la vestidura de los piadosos. Espían y critican rigurosamente a otros, para tener excusa para olvidarse de la religión, y así pasar por alto que ellos mismos andan más que rotos, en andrajos espirituales.

6. Entonces comienzan a adherirse y a asociarse con hombres y mujeres carnales y promiscuos, personas indeseables. Largas horas de compañía los van convenciendo que este es el círculo al que pertenecen.

7. Entonces se sueltan al lenguaje carnal y corrompido, pero secretamente. Y se alegran mucho si pueden descubrir que algunos de los que se cuentan por honestos también hablan de la misma forma, y así se sienten envalentonados a seguir su ejemplo.

8. Después de esto, empiezan a jugar con pequeños pecados abiertamente.

9. Y finalmente, estando ya endurecidos, se muestran tal como son en verdad. Habiendo sido lanzados a un abismo de miseria, y a no ser que un milagro de gracia recurra, permanecerán pereciendo eternamente presos de sus propios engaños...

10. ¿Y tú...? ¿Te comprometes con Dios o te alejas de él?

Gerardo A. Alfaro es profesor de teología sistemática y director de la división de estudios teológicos del Southwestern Baptist Theological Seminary en Fort Worth, Texas.
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