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EDITORIAL: Ser el cuerpo de Cristo


NASHVILLE (BP) — Ser el cuerpo de Cristo es un concepto que la iglesia cristiana ha manejado por cientos de años. Sin embargo, nos sorprende a veces ver la poca importancia que muchos creyentes le dan a la membresía de la iglesia local hoy día. Cada congregación local está en el corazón de Dios. Cristo murió por su iglesia y ella es la agencia que Él usa para llevar a cabo Su misión en este mundo.

Quizás la frustración y el desencanto de algunos con la religión organizada y la secularización de nuestra sociedad han hecho que muchos no le den la importancia que merece. Pero los principios establecidos por Dios no han cambiado. Cuando nacimos espiritualmente llegamos a ser parte del cuerpo de Cristo. 1 Corintios 12:27 nos recuerda esta maravillosa realidad. Es decir, estamos unidos a Cristo y a los otros miembros de su cuerpo. El reconocer esta realidad y funcionar como un miembro escogido, colocado en un lugar específico y para un propósito determinado en el maravillo organismo viviente que es la iglesia local es un privilegio.

Una investigación realizada por LifeWay indica que el 64% de las iglesias no tienen un plan sistemático para ayudar a las personas al proceso de adhesión a la membresía local. Es decir, en muchas congregaciones el proceso de hacerse miembro de la iglesia no está claro en la mente de muchos individuos. Puede estar claro para algunos pero no para todos. En estos casos, no hay un proceso continuo y bien comunicado para añadirse al cuerpo local. Es precisamente aquí en donde una clase de membresía puede ayudar no solo a los recién convertidos, pero a la iglesia en general a cumplir su misión.

Así como hoy decimos y escuchamos a personas decir “soy cristiano” y estas quieren decir cosas muy diferentes, los creyentes necesitamos estar claros con lo que significa ser un seguidor de Cristo y haber nacido de nuevo. Recuerdo una oportunidad en que estaba dando un taller para ayudar a los creyentes a evangelizar. Algunos allí descubrieron que ellos mismos estaban queriendo ser “capacitados” para evangelizar sin todavía haber tenido un encuentro personal con Cristo. Ese día entregaron su vida a Cristo y aprendieron también cómo compartir la fe. Hicieron su decisión repasando las verdades del evangelio. En otra oportunidad, en medio de una clase para nuevos miembros me encontré con una pareja que nunca había tomado una decisión por Cristo. Ellos habían crecido en la iglesia pero nunca habían entregado su vida a Él. En estos casos, una clase de membresía puede ayudar a la congregación a asegurarse que estamos manteniendo la pureza doctrinal del evangelio.

Al mismo tiempo, el recibir algún tipo de capacitación y orientación acerca de la misión de la iglesia, para qué existimos, cómo funcionamos y qué creemos ayuda a los futuros miembros a entender los valores centrales de nuestra fe. Afirma a los que se adhieren en la manera en que la iglesia local vive estos valores día a día. Es cierto que podemos comunicar, publicar anuncios, tratados, etc., pero necesitamos enseñar a los nuevos creyentes y a otros no tan nuevos lo que significa seguir a Cristo y ser parte de su cuerpo.

Si consideramos el ejemplo de la iglesia primitiva, conocer a Cristo era unirse a su iglesia, su cuerpo o expresión local. La simple idea de experimentar la conversión espiritual sin estar conectados con la iglesia no la encontramos en el Nuevo Testamento. Cuando las personas llegaban a Cristo estos eran bautizados y añadidos a la iglesia. Hechos 2:41, 47; 5:14; 16:5.

Finalmente, cuando las iglesias enseñan a sus miembros de sus expectativas, estas los animan y desafían a vivir el evangelio en el lugar en donde se encuentran. Parte del problema que enfrentamos con algunos miembros es que estos no han sido debidamente enseñados. Estos deben aprender lo que significa ser un miembro del cuerpo de Cristo. Las clases de membresía son una manera sencilla en que invitamos a los nuevos creyentes a examinar, considerar y claramente demarcar las responsabilidades y privilegios de un miembro del cuerpo de Cristo.

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  • Por Luis R. López